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lunes, 2 de abril de 2018

LA VIDA INICIA DESDE LA CONCEPCIÓN

NdB: ¿QUE PRUEBA MAS FEHACIENTE QUE EL SALTO QUE DIO SAN JUAN BAUTISTA EN EL VIENTRE DE SANTA ISABEL AL ESCUCHAR LA VOZ DE LA MADRE DE DIOS?

SAN JUAN BAUTISTA TENÍA 6 MESES DE EDAD GESTACIONAL. ¿QUE EDAD TENDRÍA EL SALVADOR? MUY SEGURAMENTE DIAS O ESCASAS SEMANAS!!

SANTA ISABEL QUEDÓ LLENA DEL ESPÍRITU SANTO, AL MOMENTO QUE LA VIRGEN MARÍA LA SALUDÓ, CON LA PRESENCIA DE JESÚS EN EL VIENTRE DE SU MADRE



   Pelear contra algo no logra nada; sino cuando se está luchando por una causa que vale la pena. Un médico pelea por la vida, no puede cambiar de bando.
   Los niños muy pequeños, que todavía están en el útero, están tan vivos como los demás. La única diferencia es que son mucho más jóvenes. El grado grave de un homicidio no se puede medir en términos de cuánto pesa la víctima.
  El médico más ilustre de todos los tiempos (San Lucas) nos ha dado una idea de esta maravilla que es la primera infancia, en pocas palabras.
  Regrese a la historia de la Visitación: ¿Qué edad tenía el pequeño profeta que saltó dentro de Isabel al acercarse María llevando a Nuestro Señor? Él tenía 6 meses de edad. San Lucas notó el detalle.
  ¿Y cuántos años tenía Jesús? El Evangelio simplemente dice que después de la Anunciación, la  Santísima Virgen acudió en ayuda de su prima: "María festinavit". Como tal viaje no pudo haber llevado mucho tiempo, el cuerpo de Jesús era increíblemente joven en el momento de la visita. San Lucas lo expresa tan perfectamente que no nos atrevemos a agregarle nada.
  Dr. Jerome Lejeune

Tomado de una entrevista con el genetista francés, quien descubrió la causa del síndrome de Down y fue un ferviente discípulo de María, publicado en la revista Le Sourire de Marie (La sonrisa de María).





viernes, 30 de marzo de 2018

CRISTO PADECIÓ SIEMPRE POR MI


Nunca meditemos que lo que Cristo sufrió lo sufrió por culpa de Judas, de Caifás, de Herodes, de los que le azotaron, coronaron de espinas y crucificaron. Ellos le vendieron, sentenciaron, y escarnecieron y pusieron en la Cruz. Pero Cristo, que lo sufrió todo por su causa y su provecho, padeció siempre por mí. Por mi culpa y por mi bien.  Por mí padeció la traición de sus discípulos, por mí las negaciones de Pedro, por mí los desprecios de Herodes, por mí la sentencia de Caifás, por mí los azotes y la corona de espinas, y la crucifixión. Todo por mis pecados y todo para salvarme. Todo para mi ejemplo y mi consuelo.

   Por mí sufrió las bofetadas, y los salivazos, y las blasfemias, y las burlas con que se divirtió toda la noche la canalla servidora de Caifás.

   Por mí fue, Salvador mío, por mí.

Ignacianas
Angel Anaya, S.J.

VIERNES SANTO: Meditación



Meditación

Por el P. Alonso de Andrade

De lo que Cristo padeció en la cruz.

   Punto I.- Este día es dedicado todo a la estación del Calvario, del cual conviene que no te apartes un punto. Levanta los ojos y verás a tu dulce Esposo entre dos ladrones, reputado por uno de ellos, recorre la memoria a lo pasado y hallarás que nació entre dos animales en el campo, en una choza de pobres, que vivió en mendiguez con los humildes, que se acompañó con los hombres ordinarios, y que ahora muere entre dos ladrones, condenando nuestra soberbia. Aprende la lección que te lee desde aquella cátedra, y pídele su gracia para cumplir lo que se enseña.

   Punto II.- Levanta los ojos  y lee el título que tiene Cristo en la cruz: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Esta es la causa de su muerte, y por esto le condenan. Medita cada palabra. Jesús, significa Salvador, y porque lo fue del mundo y tuyo, es condenado a tan acerba y afrentosa muerte. ¡Oh dulcísimo bien mío! Y ¡Cuánto os costó mi salvación, cuánto hicisteis por mí, y cuán poco hago yo por Vos! Nazareno, que quiere decir florido, la flor del cielo y de la tierra está entre las espinas y porque floresísteis en tantas virtudes y maravillas sois coronado con ellas y condenado a tantos tormentos. Aprende a tener paciencia, si te hallares perseguido por hacer bien en el mundo, y servir a Dios con virtud; Rey, por ser rey de cielos y tierra, es condenado de los suyos. Considérale coronado en el cielo con diadema de inmortalidad y obedecido de todas las criaturas y adorado de todos sus cortesanos y luego baja los ojos a mirarle en la cruz. Coteja un trono con el otro, y una corona con la otra, y un cetro con el otro, y la obediencia de aquellos vasallos con la alevosía de estos, y la gloria que allí goza con las penas que aquí padece; y duélete de verle tan humillado y despreciado por tus pecados.

   Punto III.- Oye las blasfemias que le dicen los sacerdotes, y la gente del pueblo, que mofaba y escarnecía llamándole falso profeta, engañador y mentiroso; y diciéndole que se bajase de la cruz, si era Hijo de Dios, y maldiciéndole como a condenado; nosotros mereciéramos ser malditos por nuestros pecados, y Él quiso tomar sobre Sí nuestra maldición y darnos la bendición de Su Padre, y con ella la eterna herencia de Dios. Agradécele tan crecida merced y no ceses de alabarle y bendecirle desagraviando su honra, y recompensando de tu parte Su honor bendiciéndole al paso que le maldicen y ofenden los pecadores.

   Punto IV.- Mira a los verdugos que le crucificaron dividiendo sus vestiduras y echando suertes sobre la inconsútil, labrada por mano de la Reina de los Ángeles. Contempla lo que sentiría cuando viese que la llevaba un verdugo y homicida a vestírsela y traerla públicamente siendo un ladrón lleno de infinitas maldades. Este tormento le dan los que con hipocresía fingen virtud en lo exterior y en lo interior son malos y pecadores ofendiéndole a cada paso. Llega y rescata los vestidos del Salvador, cómpraselos a los verdugos aunque sea necesario venderte para pagarlos y llevárselos a la Santísima Virgen que los recibiría y estimaría como reliquias  preciosísimas de Su Santísimo Hijo, y darás algún alivio a sus dolores. ¡Oh Reina del cielo! Quién pudiera venderse para comprar esos vestidos y llevarlos a vuestras manos y consolaros, serviros y ayudar a mitigar las penas de vuestro Santísimo Hijo y vuestras. Alabada seas, que tanto padecisteis por nuestro bien.