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sábado, 30 de agosto de 2014

R.P. HUGO RUIZ V. SERMÓN DOMINGO XI DE PENTECOSTÉS.



DE LOS ANGELES (EN ESPECIAL DE LOS CAIDOS) (2a Parte)



TRES COSAS A SABER, MEDITAR Y CONSIDERAR SOBRE LOS DEMONIOS: SU EXISTENCIA, SU NATURALEZA Y SU CONDICIÓN.


En el concepto vulgar y teológico, demonio es un término genérico que se aplica a todos los ángeles caídos, es decir, a los ángeles que se rebelaron contra Dios pecando y fueron en castigo de su falta, justamente precipitados al infierno, designando tal vocablo a veces por antonomasia al principal de ellos, al que en nuestro idioma castellano se le llama también Diablo, Satán, Lucifer y Luzbel.

La existencia, naturaleza y condición de tales seres ha sido uno de los problemas tan antiguos como la humanidad, que más han acuciado el entendimiento humano en todos los tiempos. En su solución ha adoptado la razón humana las posturas más extravagantes aunque pueden reducirse a dos clases de errores más notables en esta materia:

Unos que niegan en absoluto o por lo menos ponen en duda la existencia del demonio, y otros que, admitiéndola, tuvieron un concepto falso de su naturaleza y condición. En cuanto a los primeros se encuentran muchos protestantes de los primeros tiempos de la reforma, cuyas doctrinas eran una mezcla de los saduceos, adamitas y maniqueos. Para ellos los demonios o espíritus malos no existen.

Le siguen los modernos racionalistas y panteístas, que, siguiendo a Hegel y Kant, rechazan como contraria a la razón la existencia de los demonios, además creen que el demonio no existe como algo personal o identidad física, sino solamente como algo simbólico que representa y personifica el ideal de la malicia suma, especialmente en el orden moral, para otros dentro de estos pensadores, los demonios no son otra cosa que las almas humanas separadas de los cuerpos, las cuales continúan ejerciéndose algún modo su influjo benéfico o maléfico sobre la unidad que los ha deificado.

También es la creencia son las de los modernos espiritistas, quienes además afirman que esas almas de los hombres perversos son espíritus, a su modo, que se perfeccionan pasando por diversos grados mediante sucesivas y obligadas reencarnaciones y esta es la segunda teoría o corriente  errónea sobre la existencia de los demonios o segunda opinión.

Como puede verse, todas estas teorías proceden de prejuicios preconcebidos, que no tienden en último término más que a la negación del orden sobrenatural. Y la invocación de unas de ellas hacen de la autoridad de los libros sagrados, si no fuesen blasfema serian por lo menos ridícula, ya que, negando la existencia de los demonios, no tendrían implicación muchos pasajes escriturísticos, incluso que como el primero de los Reyes, los Salmos y Job, están escritos antes de la cautividad.

En cuanto a los segundos (admitieron la existencia del demonio, pero erraron acerca de su origen, naturaleza y condición) Sin duda como reminiscencia de la revelación primitiva, torpemente adulterada por la ignorancia y el influjo mismo diabólico, en todos los tiempos y en todos los pueblos se ha profesado la creencia de los seres malvados, a quienes se atribuían el mal físico y el mal moral y a los que se tenía por superiores al hombre y más poderosos que él, por lo cual se llego muchas veces al culto idolátrico de esos espíritus maléficos como para tenerlos propicios.

Solamente el pueblo judío, escogido por Dios como depositario de la autentica revelación, conservo verdadera noción de esos seres, que fue trasmitida y se conserva en la Iglesia católica.

Pero esta no se vio exenta de los primeros brotes dualistas, que surgieron en los primeros tiempos de la naciente Iglesia con los maniqueos y priscilianistas quienes hacían del demonio independiente de Dios y autor del mal y de las cosas materiales ( Denz. 237) error que aparece más tarde en los albigenses, cataros, waldenses y de mas herejes de la edad media.

Lo renuevan en el siglo XIV los fraticelli, afirmando además, que los demonios fueron injustamente arrojados del paraíso y Wiclef llega a decir que “Dios debe obedecer al demonio” (DENZ. 586)

Quizás sea un brote de esas mismas tendencias el satanismo, o culto a Satán precisamente por su rebeldía, el cual apareció también en esa misma época como una floración de las teorías dualísticas, y que en cierto modo han sido renovadas en los últimos tiempos por la francmasonería.

Durante el siglo pasado y principios del actual, y en nuestros días, han proferido blasfemias semejantes los pesimistas, radicales, personajes de la imaginación febril y espíritus amargados, quienes con su vida o con sus obras, según propia confesión, se propusieron rehabilitar al diablo saliendo por sus fueros. Dignos de mención son igualmente los errores origenistas, en los cuales se afirma que las almas humanas eran ángeles que pecaron (denz.203) y que la condenación y pena de los demonios, no será eterna, sino transitoria, y llegara el tiempo en que tendrá lugar la restauración y rehabilitación de todas las cosas y en particular la restauración y rehabilitación de los ángeles caídos a su estado primero.

ENSEÑANZA DE LA DIVINA REVELACION.

No son relativamente muchas las enseñanzas de la revelación divina, tanto por lo que se refiere a los libros sagrados cuanto por lo que mira a las definiciones y magisterio de la Iglesia.
Se hallan, sin embargo, en unas y otras enseñanzas expresas respecto a unos puntos particulares, que no es posible silenciar o pasar por alto. Con ellas a la vista podrá formarse una idea exacta de la doctrina que el angélico Maestro expone en sus tres artículos, viendo como está enraizada sólidos fundamentos escrituristicos, definiciones pontificias y conciliares.

EN CUANTO A LA DOCTRINA DE LA SAGRADA ESCRITURA._ La podemos compendiar en los siguientes puntos.

CONCEPTO DE LOS ANGELES MALOS SEGÚN LOS LIBROS SAGRADOS Y NOMBRES DIVERSOS CON QUE SE LES DESIGNA._ Ya indicamos en la cuestión 50 cuál es el concepto de los ángeles en general, concepto que se ha de aplicar también a los ángeles caídos, a quienes, si bien incluyendo siempre la idea de maldad y aludiendo más o menos explícitamente a su pecado.

Estos seres superiores reciben diferentes nombres, tomados unas veces de su naturaleza, otras de su modo de obrar con relación a los hombres y otras de alguna circunstancia especial, hablando de ellos frecuentemente como si fueran muchos y otras veces como si fuese uno solo, que en tal caso vienen a personificar a todos. Por eso unas veces se les aplica un nombre común y otras un nombre especial.

El nombre más comúnmente usado usado para designarlos es DEMONIO en singular o en plural que quiere decir el que sabe, palabra que, aunque en los antiguos autores profanos no siempre tiene sentido peyorativo, sino que significa deidades (Act. 17,18) inferiores o intermedias, buenas y malas, en las sagradas letras se emplea ordinariamente según el concepto de ángel malo (Deut. 32,17).

Otro nombre especialmente utilizado en el Nuevo Testamento, es el de diablo, es decir, el que desune o divide calumniando, con el cual se expresa unas veces al príncipe de los demonios y otras al conjunto de ellos y el mismo poder diabólico (Mat.4, 1. 5. 8; 13,39; 25,41 etc).

Llamase también en los libros sagrados de modo general espíritus impuros, espíritus malos de los aires, espíritus de mentira, espíritus malignos, espíritus inmundos o espíritus de los demonios.

Entre los nombres particulares con que vulgarmente se designa al príncipe de los demonios esta Satán, término que en hebreo significa perseguidor, el cual pocas veces se emplea en la Biblia para designar al demonio, si embargo los setenta al traducirlo del hebreo lo usan como nombre común y no como nombre propio.

Otro de los nombres con que se designa al príncipe del mal es Belial, nombre común que significa perversidad o extrema maldad. San Pablo lo utiliza como nombre propio de modo especial a Satanás




Llamase además Beelsebub o beelsebul, dios de las moscas o del estiércol nombre que el Antiguo Testamento da al dios de Acaron mandado consultar por Ococias (4 Reg.1. 2. 3. 6. 16), y en el Nuevo Testamento designa propiamente al príncipe de los demonios.

En el libro de Tobías se da el nombre propio de Asmodeo al demonio maligno que sofoca sucesivamente los siete maridos de Sara (Tob. 3, 8).

En el Levítico se usa la palabra Azael, que, según el libro apócrifo de Henoc, es uno de los jefes de los ángeles prevaricadores, aunque en el libro sagrado no se sabe lo que significa.

Nuestro idioma castellano llama al príncipe de los ángeles rebeldes Luzbel o Lucifer, quizás para designar el esplendor de su naturaleza antes de pecar y según el significado que a esa palabra dieron los Santos Padres, fundados en Isaías (14,12) y San Lucas (10,18)

Continuará..



viernes, 29 de agosto de 2014

PENSAMIENTO DE MONS. ANTONIO DE CASTRO MAYER CON RESPECTO A LA CRISIS DE LA FSSPX: Padre Rafael OSB



PENSAMIENTO DE MONS. ANTONIO DE CASTRO MAYER CON RESPECTO A LA CRISIS DE LA FSSPX

29 DE AGOSTO, 2014

DEGOLLACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA


                “La intransigencia es a la virtud lo que el instinto de conservación es a la vida. Una virtud sin intransigencia o que odia la intransigencia, no existe, o conserva apenas la exterioridad. Una fe sin intransigencia, o está muerta, o sólo vive exteriormente, porque perdió el espíritu. Siendo la fe el fundamento de la vida sobrenatural, la tolerancia en materia de fe es el punto de partida para todos los males, especialmente para las herejías.”

 (Carta pastoral, Junio de 1953, sentencia verdadera No. 37).


                Algunas veces con la palabras y otras veces con las obras, y esto cada vez mas frecuentemente, la FSSPX ha demostrado que ya NO ES intransigente en la fe con respecto a los enemigos de la Iglesia Católica que la tienen ocupada. Al abandonar dicha intransigencia en la fe, tomando las palabras de Mons. Don Antonio de Castro Mayer, la FSSPX ha perdido el espíritu católico, el espíritu de su fundador, Mons. Marcel Lefebvre. Su defensa por la fe, por lo tanto, o está muerta o es farisaica, y sólo con apariencia defiende la fe  verdadera.


                Este espíritu farisaico, usando las palabras de Dom Antonio, “es el punto de partida para todos los males”; es decir, la “caja de pandora” que se ha desatado desde y hacia la FSSPX.


                La FSSPX está desgraciadamente cayendo en la misma actitud de los modernistas al ponerse a atacar a aquellos de nosotros que defendemos enérgicamente la intransigencia en la fe;  teniendo por otro lado tolerancia y simpatía para con los enemigos de la Iglesia, que en este momento se encuentran ocupando la Sede de San Pedro como lobos vestidos de oveja. Haciendo aquello que ya había mencionado Garrigou Lagrange: “Los católicos son intolerantes en la doctrina porque creen, pero tolerantes en la caridad porque aman. Los enemigos de Cristo son tolerantes en la doctrina por que no creen, e intolerantes en la caridad porque no aman. Esta es la contradicción en la que caen siempre los enemigos de la Iglesia. Ya que ellos toleran todas las opiniones excepto aquella opinión de los que dicen que la fe es intransigente. Porque, si para ellos esta es sólo una opinión como tantas otras, ¿Por qué no la toleran? Y si esta opinión es falsa, ¿porque no la ignoran haciendo de ello algo tolerable?


                Explica Mons. De Castro Mayer esta sentencia diciendo que esta falta de intransigencia en la fe, que en encuentra en común en todos y cada unos de los enemigos de la Iglesia, “nos debe abrir los ojos y ver la importancia soberana que tiene para la vida de la Iglesia la intolerancia en cuestiones doctrinales”. Precisamente por ello decía el Cardenal Pie a los católicos franceses del siglo XIX: “Las batallas se pierden o se ganan al nivel doctrinal, el error de los católicos franceses del siglo XIX fue el esperar a ver la consecuencias de los falsos principios de la revolución francesa para reaccionar”. Esperar a ver la consecuencias de la tolerancia doctrinal de la FSSPX para reaccionar, ya será muy tarde para reaccionar, para dar la batalla contra los revolucionarios. No debemos esperar a que haya un acuerdo visible entre la Roma Conciliar y la FSSPX para reaccionar si es que queremos seguir defendiendo el Reinado de Cristo Rey a través de la Fe, la Esperanza y la Caridad (en las circunstancias actuales dicho acuerdo sería un acuerdo práctico necesariamente tolerante en los principios ya que quienes ocupan Roma no se han convertido).

                El servicio que hemos prestado los miembros de la RESISTENCIA a la FSSPX al advertirles acerca del error gravísimo en que han caído, ha sido un acto de caridad grandísimo y sobre el tema más importante que hay en nuestra existencia: la defensa de la fe, de la vida de la Iglesia, de la razón de ser de la FSSPX. Lo que hemos estado tratando de hacer es el rescatar la FSSPX de las garras de los enemigos de Cristo, de las trampas del demonio, de las apariencias de bien; y esto a costa de nuestro bienestar y reputación. Esta es una de las obras de misericordia para con el prójimo, que consiste en corregir al que yerra. Pero con gran desilusión hemos visto los miembros de la Resistencia que en lugar de que se nos agradeciera tan enorme obra de caridad para con ellos, solo hayamos recibido a cambio palos, expulsiones, anatemas y persecución. ¿Acaso esta actitud no confirma claramente de que la FSSPX está diabólicamente desorientada y de que ha perdido su razón de existir?

                Se nos acusa de que nos hemos excedido en nuestra reacción, pero respondemos con el Cardenal De Lai, Secretario de la Sagrada Congragación Consistorial durante el pontificado de San Pío X: “Siempre es preferible excederse un poco al advertir el peligro que callarse y dejarlo crecer”.

                Por todas estas razones volvemos a lanzar un nuevo llamado a nuestros hermanos de la FSSPX a rectificar el verdadero camino de defensa en la fe que es la de la intransigencia en materia doctrinal tanto en la teoría como en la práctica, antes de que sea demasiado tarde.

 Los dejamos con las palabras que su propio patrono, San Pio X, dirigiera al periódico católico L’Unitá que había sido creado para preservar la fe y que se también se puede aplicar a la FSSPX:

                “Todo está bien cuando se trata de respetar las personas, pero yo no querría que por el amor de la paz se llegase a compromisos, y que para evitar odios se faltase a la verdadera misión de la L’Unitá (FSSPX), que consiste en velar por los principios y ser el centinela avanzado que da la voz de alerta, aunque fuese a la manera de los gansos del Capitolio, y que despierta a los semidormidos. En esta caso la L’Unitá (FSPPX) no tendría razón de existir” (Disquisitio, pág. 107, apud Pensée Catholique, No.23, pág. 84).


Padre Rafael Arízaga, osb

jueves, 28 de agosto de 2014

EL MISTERIO DEL MAS ALLÁ: Antonio Royo Marín, O.P. (2a Parte)



2  EL MISTERIO DEL MÁS ALLA (SEGUNDA PARTE)

Los sentidos corporales no pueden producir ideas espirituales porque lo espiritual trasciende infinitamente al mundo de la materia y es absolutamente irreductible a ella. Luego, es indiscutible que tenemos un principio espiritual capaz de producir ideas espirituales; y ese principio espiritual es, precisamente, lo que llamamos alma.

Señores, el alma existe, es evidentísimo para el que sepa reflexionar un poco. Y es evidentísimo que el alma es espiritual, porque de ella proceden operaciones espirituales, y la filosofía más elemental enseña que “la operación sigue siempre al ser” y es de su misma naturaleza: luego, si el alma produce operaciones espirituales, es porque ella misma es espiritual.

Tenemos un alma espiritual. Pero esto equivale a decir que nuestra alma es absolutamente simple, en el sentido profundo y filosófico de la palabra, porque todo lo espiritual es absolutamente simple, aunque no todo lo simple sea espiritual. Todo español es europeo, aunque no todo europeo es español. Lo espiritual es simple porque carece de partes, ya que éstas afectan únicamente al mundo de la materia cuantitativa. Pero no todo lo simple es espiritual, porque pueden los cuerpos compuestos descomponerse en sus elementos simples sin rebasar los límites de la materia.

El alma es espiritual porque es independiente de la materia; y es absolutamente simple, porque carece de partes. Pero un ser absolutamente simple es necesariamente indestructible, porque lo absolutamente simple no se puede descomponer.

Examinad, señores, la palabra descomposición. ¿Qué significa esa palabra? Sencillamente, desintegrar en sus elementos simples una cosa compuesta.
Luego, si llegamos a un elemento absolutamente simple, si llegamos a lo que podríamos denominar “átomo absoluto”, habríamos llegado a lo absolutamente indestructible. El “átomo absoluto” es indestructible, señores. No me refiero al átomo físico. Dentro del átomo físico, la moderna química ha descubierto todo un sistema planetario. Son los electrones. La química moderna ha logrado desintegrar el átomo físico en sus elementos más simples. Pero cuando se llega al “átomo absoluto” –que quizá no pueda darse en lo puramente corporal–, se ha llegado a lo absolutamente indestructible. Sencillamente, porque no se puede “descomponer” en elementos más simples. Sólo cabe la aniquilación en virtud del poder infinito de Dios.

Ahora bien, éste es el caso del alma humana, señores. El alma humana, por el hecho mismo de ser espiritual, es absolutamente simple, es como un “átomo absoluto” del todo indescomponible, y, por consiguiente, es intrínsecamente inmortal.

El principio de nuestra vida espiritual, el alma, es por su propia naturaleza, absolutamente, simple, indestructible, indescomponible: luego, es intrínsecamente inmortal. Solamente Dios, que la ha creado, sacándola de la nada, podría destruirla aniquilándola. Dios podría hacerlo, hablando en absoluto, pero sabemos con toda certeza, porque lo ha revelado el mismo Dios, que no la destruirá jamás. Porque habiendo creado el alma intrínsecamente inmortal, Dios respetará la obra de sus manos. La ha hecho Dios así y la respetará eternamente tal como la ha hecho, no la destruirá jamás. Nuestra alma es, pues intrínseca y extrínsecamente inmortal.


Además de este argumento ontológico profundísimo que deja por sí solo plenamente demostrada la inmortalidad del alma, pueden invocarse todavía dos nuevos argumentos en el plano meramente filosófico y puramente racional: uno de tipo histórico y otro de teología natural. Veámoslo brevemente.

2.º Argumento histórico. Echad una ojead al mapa-mundi. Asomaos a todas las razas, a todas las civilizaciones, a todas las épocas, a todos los climas del mundo. A los civilizados y a los salvajes; a los cultos y a los incultos; a los pueblos modernos y a los de existencia prehistórica. Recorred el mundo entero y veréis cómo en todas partes los hombres –colectivamente considerados– reconocen la existencia de un principio superior. Están totalmente convencidos de ello. Con aberraciones tremendas, desde luego, pero con un convencimiento firme e inquebrantable.

Hay quienes ponen un principio del bien y otro del mal; ciertos salvajes adoran al sol; otros, a los árboles; otros, a las piedras; otros, a los objetos más absurdos y extravagantes. Pero todos se ponen de rodillas ante un misterioso más allá.
Señores, se ha podido decir con la historia de las religiones en las manos, que sería más fácil encontrar un pueblo sin calles, sin plazas, sin casas, sin habitantes (o sea, un pueblo quimérico y absurdo, porque un pueblo con tales características no ha existido ni existirá jamás), que un pueblo sin religión, sin una firme creencia en la supervivencia de las almas más allá de la muerte.

¿Os dais cuenta de la fuerza probativa de este argumento histórico? ¡Ah, señores! Cuando la humanidad entera, de todas las razas, de todas las civilizaciones, de todos los climas, de todas las épocas, sin haberse puesto previamente de acuerdo coincide, sin embargo, de una manera tan absoluta y unánime en ese hecho colosal, hay que reconocer, sin género alguno de duda, que esa creencia es un grito que sale de lo más íntimo de la naturaleza racional del hombre; esa exigencia de la  propia inmortalidad en un más allá, procede del mismo Dios, que la ha puesto, naturalmente, en el corazón del hombre. Y eso no puede fallar, eso es absolutamente infrustrable. 

Todo deseo natural y común a todo el género humano, procede directamente del Autor mismo de la naturaleza, y ese deseo no puede recaer sobre un objeto falso y quimérico, porque esto argüiría imperfección o crueldad en Dios, lo cual es del todo imposible. El deseo natural de la inmortalidad prueba apodícticamente, en efecto, que el alma es inmortal.


3.º Argumento de teología natural. No me refiero todavía a la fe. Estoy moviéndome todavía en un plano puramente natural, puramente filosófico. Me refiero a la teología natural, a eso que llamamos teodicea, o sea, a lo que puede descubrir la simple razón natural en torno a Dios y a sus divinos atributos. ¿Qué nos dice esta rama de la filosofía con relación a la existencia de un más allá? Que tiene que haberlo forzosamente, porque lo exigen así, sin la menor duda, tres atributos divinos: la sabiduría, la bondad y la justicia de Dios.

a) Lo exige la sabiduría, que no puede poner una contradicción en la naturaleza humana. Como os acabo de decir, el deseo de la inmortalidad es un grito incontenible de la naturaleza. Y Dios, que es infinitamente sabio, no puede contradecirse; no puede poner una tendencia ciega en la naturaleza humana que tenga por resultado y por objeto final el vacío y la nada. No puede ser. Sería una contradicción de tipo metafísico, absolutamente imposible. Dios no se puede contradecir.

b) Lo exige también la bondad de Dios. Porque Dios ha puesto en nuestros propios corazones el deseo de la inmortalidad. ¡Examinad, señores, vuestros propios corazones! Nadie quiere morir; todo el mundo quiere sobrevivirse. El artista, por ejemplo, está soñando en su obra de arte, para dejarla en este mundo después de su muerte, sobreviviéndose a través de ella. Todo el mundo quiere sobrevivirse en sus hijos, en sus producciones naturales o espirituales. Pero esto es todavía demasiado poco. Queremos sobrevivirnos personalmente, tenemos el ansia incontenible de la inmortalidad. La nada, la destrucción total del propio ser, nadie la quiere ni apetece. No puede descansar un deseo natural sobre la nada, porque la nada es la negación total del ser, es la no existencia, y eso no es ni puede ser apetecible. El deseo, o sea la tendencia afectiva de la voluntad, recae siempre sobre el ser, sobre la existencia, jamás sobre la nada o el vacío. Todos tenemos este deseo natural de la inmortalidad. Y la bondad de Dios exige que, puesto que ha sido Él quien ha depositado en el corazón del hombre este deseo natural de inmortalidad, lo satisfaga plenamente. De lo contrario, no habría más remedio que decir que Dios se había complacido en ejercitar sobre el corazón del hombre una inexplicable crueldad, una especie de suplicio de Tántalo. Pero esto sería impío, herético y blasfemo. Luego hay que concluir que Dios ha puesto en nuestros corazones el deseo incoercible de la inmortalidad, porque, efectivamente, somos inmortales.

c) Lo exige, finalmente, la justicia de Dios. Señores, muchas gentes se preguntan asombradas: “¿Por qué Dios permite el mal? ¿Por qué permite que haya tanta gente perversa en el mundo? ¿Por qué permite, sobre todo, que triunfen con tanta frecuencia los malvados y sean oprimidos los justos?”
La contestación a esta pregunta es muy sencilla. ¿Sabéis por qué permite Dios tamaño escándalo, injusticias tan irritantes? Pues porque hay un más allá en donde la virtud recibirá su premio y el crimen su castigo merecido.
Un hombre tan poco sospechoso de clericalismo como Juan Jacobo Rousseau, en un momento de sinceridad, llegó a escribir su famosa frase: “Si yo no tuviera otra prueba de la inmortalidad del alma, de la existencia de premios y castigos en el otro mundo, que ver el triunfo del malvado y la opresión del justo acá en la tierra, esto sólo me impediría ponerlo en duda. Tan estridente disonancia en la armonía universal me empujaría a buscarle una solución, y me diría: Para nosotros no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

¡Vaya si volverá, señores! ¡Vaya si volverá todo al orden más allá de esta vida! ¡En el plano individual, en el familiar, en el social, en el internacional...!, todo volverá al orden después de la muerte.

El vulgar estafador que, escudándose en un cargo político o en el prestigio de una gran empresa o de un comercio en gran escala, se ha enriquecido rápidamente contra toda justicia, acaso abusando del hambre y de la miseria ajena..., ¡que se apresure a disfrutar sin frenos ni cortapisas de esas riquezas inicuamente adquiridas! Le queda ya poco tiempo, porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y el joven pervertido, estudiante coleccionista de suspensos que se pasa las mañanas en la cama, la tarde en el cine o en el fútbol y la noche en el cabaret o en el lupanar... Y la muchacha frívola, la que vive únicamente para la diversión, para el baile, el teatro y la novela; la que escandaliza a todo el mundo con sus desnudeces provocativas, con el desenfado en el hablar, con su “despreocupación” ante el problema religioso, con..., ¡que rían ahora, que gocen, que se diviertan, que beban hasta las heces la dorada copa del placer! Ya les queda poco tiempo, porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y el casado que pone a su capricho limitación y tasa a la natalidad, contradiciendo gravemente los planes del Creador. Y el marido infiel que le ha puesto un piso a una mujer perversa que no es la suya. Y el padre que no se preocupa de la cristiana educación de sus hijos y se hace responsable de sus futuros extravíos y, acaso, de la perdición eterna de sus almas. Y tantos y tantos otros como viven completamente de espaldas a Dios, olvidados en absoluto de sus deberes más elementales para con Él..., ¡pobrecitos!, ¡qué pena me dan! Porque, por desgracia para ellos, no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y al revés. El obrero tuberculoso que siente que se le acaban las fuerzas por momentos y se ve obligado, a pesar de todo, a seguir trabajando para prolongar un poco su agonía con el mísero jornal que, al final de la semana, deposita en sus manos la injusticia de una sociedad paganizada; la pobre viuda madre de ocho hijos, que no tiene un pedazo de pan para calmarles el hambre..., ¡que no se desesperen! Si saben elevar sus ojos al cielo para contemplarlo a través del cristal de sus lágrimas, pronto terminará su martirio: porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y la joven obrera, llena de privaciones y miserias, y quizá calumniada y perseguida porque no se doblegó ante la bestialidad ajena y prefiere morirse de hambre antes de mancillar el lirio inmaculado de su pureza..., ¡que tenga ánimo y fortaleza para seguir luchando hasta la muerte!, porque, para dicha y ventura suya, no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Todo vuelve al orden con la muerte. Lo exige así la justicia de Dios, que no puede dejar impunes los enormes crímenes que se cometen en el mundo sin que reciban sanción ni castigo alguno acá en la tierra, ni puede dejar sin recompensa las virtudes heroicas que se practican en la oscuridad y el silencio sin que hayan obtenido jamás una mirada de comprensión o de gratitud por parte de los hombres.


Pero además de estos argumentos de tipo meramente natural o filosófico tenemos, señores, en la divina revelación la prueba definitiva o infalible de la existencia del más allá. ¡Lo ha revelado Dios! Y la tierra y el cielo, con todos sus astros y planetas, pasarán, pero la palabra de Dios no pasará jamás.

La certeza sobrenatural de la fe es incomparablemente superior a todas las certezas naturales, incluso a la misma certeza metafísica en la que no es posible el error. La certeza metafísica es absoluta e infalible. Dios mismo, con toda su omnipotencia infinita, no podría destruir una verdad metafísica. Dios mismo, por ejemplo, no puede hacer que dos y dos no sean cuatro, o que el todo no sea mayor que una de sus partes. Tenemos de ello certeza absoluta, metafísica, infalible; porque lo contrario envuelve contradicción, y lo contradictorio no existe ni puede existir: es una pura quimera de nuestra imaginación. La certeza metafísica es una certeza absolutamente infalible.

Pues bien: La certeza de fe supera todavía a la certeza metafísica. No porque la certeza metafísica pueda fallar jamás, sino porque la certeza de fe nos da a beber el agua limpia y cristalina de la verdad en la fuente o manantial mismo de donde brota –el mismo Dios, Verdad Primera y Eterna, que no puede engañarse ni engañarnos–, mientras que la certeza metafísica nos la ofrece en el riachuelo del discurso y de la razón humanas.

Las dos certezas nos traen la verdad absoluta, natural o sobrenaturalmente; pero la fe vale más que la metafísica, porque su objeto es mucho más noble y porque está más cerca de Dios.

Dios ha hablado, señores. Ha querido hacerse hombre, como uno cualquiera de nosotros, para ponerse a nuestro alcance, hablar nuestro mismo idioma y enseñarnos con nuestro lenguaje articulado el camino del cielo. Y ved lo que nos ha dicho:

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque muera, vivirá.” (Jn 11, 25)
“Estad, pues, prontos, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.” (Lc 12, 40)
“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a Aquel que puede perder el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mt 10, 28)
“¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)
“Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras.” (Mt 16, 27)
“E irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna.” (Mt 25, 46)

Lo ha dicho Cristo, señores, el Hijo de Dios vivo. Lo ha dicho la Verdad por esencia, Aquél que afirmó de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” (Jn 16, 6) ¡Qué gozo y qué satisfacción tan íntima para el pobre corazón humano que siente ansia y sed inextinguible de inmortalidad! Nos lo asegura el mismo Dios: ¡somos inmortales! Llegará un día en que nuestros cuerpos, rendidos de cansancio por las luchas de la vida, se inclinarán hacia la tierra y descenderán al sepulcro, mientras el alma volará a la inmortalidad. Cuando el leñador abate con su hacha el viejo árbol carcomido, el pájaro que anidaba en sus ramas levanta el vuelo y se marcha jubiloso a cantar en otra parte. ¡Qué bien lo sabe decir la liturgia católica en el maravilloso prefacio de difuntos! Con esa visión de paz y de esperanza quiero terminar esta mi primera conferencia cuaresmal:

“Para tus fieles, Señor, la vida se cambia, pero no se quita; y al disolverse la casa de esta morada terrena, se nos prepara en el cielo una mansión eterna.”
Que así sea.


II

EL TRÁNSITO AL MÁS ALLÁ

Planteábamos ayer, en el primer día de esta serie de conferencias cuaresmales, el problema de los destinos eternos del hombre y demostrábamos la existencia del más allá a la luz de la simple razón natural, y, sobre todo, a la luz sobrenatural de la fe apoyada directamente en la palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. Hay un más allá después de esta vida.

Esta tarde vamos a dar un paso más. Y vamos a hablar del momento de transición, del salto al más allá, de la hora decisiva de la muerte. Sé muy bien que este tema resulta muy antipático a la inmensa mayoría de la gente. “¡Por Dios!, padre: háblenos usted de lo que quiera menos de la muerte. La muerte es una cosa muy triste y desagradable. Háblenos de cualquier otra cosa, pero deje ese asunto tan trágico.”

Esta es una actitud insensata, señores, una actitud suicida y anticristiana. ¡Si dejando de pensar en la muerte pudiéramos alejarla de nosotros...! Pero vendrá, sin falta, en el momento que Dios nuestro Señor ha fijado para nosotros desde toda la eternidad: tanto si pensamos en ella como si dejamos de pensar. Y como resulta que ese momento es el más importante de nuestra existencia, porque es el momento decisivo del que depende nada menos que nuestra eternidad, vale la pena dejar a un lado sentimentalismos absurdos y plantearse con seriedad este tremendo problema de la transición al más allá.

Ayer os decía que se disputaban el mundo dos concepciones antagónicas de la vida: la concepción materialista, que niega la existencia del más allá y no piensa sino en reír, gozar y divertirse, y la concepción espiritualista, que, proclamando la realidad de un más allá, se preocupa de vivir cristianamente, teniendo siempre a la vista la divina sentencia de Nuestro Señor Jesucristo: “¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma para toda la eternidad?”.

Pues así como hay dos concepciones de la vida, también hay dos concepciones de la muerte. La concepción pagana, la concepción materialista, que ve en ella el término de la vida, la destrucción de la existencia humana, la que, por boca de un gran orador pagano, Cicerón, ha podido decir: “La muerte es la cosa más terrible entre las cosas terribles” (omnium terribilium, terribilissima mors); y la concepción cristiana, que considera a la muerte como un simple tránsito a la inmortalidad.

Porque, señores, a despecho de la propia palabra, aunque parezca una paradoja y una contradicción, la muerte no es más que el tránsito a la inmortalidad.

Qué bien lo supo comprender nuestra incomparable Santa Teresa de Jesús cuando decía:

Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el gozo de morir
no me vuelva a dar la vida
.

Tengo la pretensión, señores, de presentaros esta tarde una visión simpática y atractiva de la muerte. La muerte, para el pagano, es “la cosa más terrible entre todas las cosas terribles”, tenía razón el gran orador romano. Pero para el cristiano es el tránsito a la inmortalidad, la entrada en la vida verdadera. Contemplada con ojos cristianos, la muerte no es una cosa trágica, no es una cosa terrible, sino al contrario, algo muy dulce y atractivo, puesto que representa el fin del destierro y la entrada en la patria verdadera.

Vamos a ver, en primer lugar, señores, las características generales de este gran fenómeno de la muerte. Son tres, principalmente: ciertísima en su venida, insegura en sus circunstancias y única en la vida. Vamos a comentarlas un poquito.

Ante todo es ciertísima en su venida.
Señores, la historia de la filosofía coincide con la historia de las aberraciones humanas. ¡Cuántos absurdos se han llegado a decir en el mundo en nombre de la ciencia y de la filosofía! Y, sin embargo, está todavía por nacer un hombre tan insensato que se haya forjado la ilusión de que él no va a morir. No ha habido ningún hombre tan estúpido que haya lanzado la siguiente afirmación: “Yo viviré eternamente sobre la tierra; yo no moriré jamás.”

¡Pero si lo estamos viendo todos los días...! La muerte es un fenómeno que diariamente contemplamos con los ojos y tocamos con las manos. Cuando vamos al cementerio, estamos plenamente convencidos de la verdad de aquella inscripción que leemos en cualquiera de las losas funerarias: Hodie mihi, cras tibi (“hoy me ha tocado a mí, pero mañana te tocará a ti.”) Lo estamos viendo todos los días. No solamente los ancianos o los enfermos decrépitos, hasta los jóvenes se mueren con frecuencia en la plenitud de su juventud en la primavera de su vida. Nadie puede hacerse ilusiones, nadie se escapará de la muerte. No vale alegar argumentos, es inútil invocar el cargo o la posición social. No les aprovechó para nada la tiara a los Papas, ni el cetro a los reyes o emperadores, ni el poder a Napoleón o a Alejandro Magno, ni las riquezas a Creso, ni la sabiduría a Salomón. Todos rindieron su tributo a la muerte:

San Pablo decía: Quotidie morior (“todos los días muero un poco”). Él se refería al desgaste que experimentaba por el celo y solicitud de las Iglesias encomendadas a su cuidado; pero esto mismo podremos repetir nosotros en cualquier momento de nuestra vida: todos los días morimos un poco. Los sufrimientos, las enfermedades, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, el frío, el calor, el desgaste de la vida diaria nos van matando poco a poco. Todos los días morimos un poquito: quotidie morior, hasta que llegará un momento en que moriremos del todo.

No hace falta insistir en este hecho tan claro. La certeza de la muerte es tan absoluta, que nadie se ha forjado jamás la menor ilusión. Moriremos todos, irremediablemente todos.

Dios no hizo la muerte, señores. La muerte entró en el mundo por el pecado.
¡Qué maravilloso el plan de Dios sobre nuestros primeros padres en el Paraíso terrenal! Además de elevarlos al orden sobrenatural de la gracia, les enriqueció con tres dones preternaturales verdaderamente magníficos: el de inmortalidad, en virtud del cual no debían morir jamás; el de impasibilidad, que les hacía invulnerables al dolor y al sufrimiento, y el de integridad, que les daba el control absoluto de sus propias pasiones, perfectamente dominadas y gobernadas por la razón. ¡Ah!, pero cometieron el crimen del pecado original, y, en castigo del mismo, Dios les retiró esos tres dones preternaturales juntamente con la gracia y las virtudes infusas. Y, al desaparecer el privilegio gratuito de la inmortalidad, el cuerpo, que es de suyo corruptible, quedó ipso facto condenado a la muerte. He aquí, señores, de qué manera la muerte es un castigo del pecado; y como todos somos pecadores, nadie absolutamente se escapará de esta ley inexorable: ciertamente moriremos todos.

sábado, 23 de agosto de 2014

PRESENCIA DE SATAN EN EL MUNDO MODERNO: Monseñor Cristiani



Presencia de Satán
en el
Mundo Moderno

Título original en francés:
PRÉSENCE DE SATAN DANS LE MONDE MODERNE

Nihil Obstat:
Parisiis, die Januarii 1960
A.      de Parvillez, s. j.

INTRODUCCIÓN

Palabra del Evangelio

Cuando decimos que una afirmación es o no es "palabra del
Evangelio", queremos aseverar que es o no es una verdad indiscutible.
Para los cristianos Cristo es la autoridad soberana, aquella ante la cual nos inclinamos, a la cual damos toda nuestra fe y toda nuestra confianza, todo nuestro amor. Hasta para los mismos incrédulos,
Jesús es una de las personalidades más eminentes de la historia.
Es la rectitud y la sinceridad. Es aquel que dijo: Que tu discurso sea: ¡esto es o esto no es! ¡Todo lo que esté fuera de esto de nada sirve! Preguntémonos, pues, lo que Jesús ha pensado y ha dicho de Satán.
El Evangelio, sobre este punto, como sobre todos los otros puntos que conciernen a la vida religiosa de los hombres, es normativo y definitivo. Si no lo es ya para los que han perdido la fe, no es menos cierto que no se puede comprender nada de la mentalidad religiosa de los siglos que nos han precedido en Francia sin recurrir al evangelio.

Quienes han tenido — o creído tener — contactos con el
Demonio, quienes han sufrido sus ataques como nuestro cura de Ars, quienes han sido tratados como "poseídos" y han sido objeto de exorcismos más o menos eficaces, habían extraído del Evangelio y de la tradición emanada del Evangelio sus interpretaciones de los estados experimentados por ellos.

Abramos pues el Evangelio. ¿Habla de Satán? ¿Contiene historias de poseídos, de expulsiones de demonios?" Jesús en persona ¿ha creído en el Diablo y qué ha dicho sobre ello?

PRESENCIA DE SATÁN

La tentación de Jesús

En primer lugar debe llamar nuestra atención la tentación de
Jesús en el desierto. Tres de nuestros Evangelios hablan de ello. Nos muestran a Jesús y a Satán solos y frente a frente. Pero prestemos atención a lo siguiente: nadie había sido testigo de este encuentro memorable. Nuestros tres evangelistas no podían saber nada de lo ocurrido más que por boca del mismo Jesús. Por consiguiente, El se tomó el trabajo de decir a sus discípulos lo que había pasado entre El y el Demonio. El quiso que se supiera que lo había visto, lo que se llama verlo, por decirlo así, "cara a cara"; que Satán le había hecho proposiciones, había tratado de someterlo a su yugo, ¡tratado de desviarlo de su camino! En una palabra, Jesús quiso ser tentado.
Lo fué. Reveló a los suyos en qué había consistido esa tentación:
Satán le había mostrado el mundo, diciéndole: "Te daré toda esta potencia y la gloria de esos reinos, puesto que a mí me ha sido entregada y a quien quiero la doy; si, pues, tú te postrares delante de mí, será tuya toda." (Lucas, IV, 5-7.)

No digamos que la tentación fué pequeña. Tenía las dimensiones del planeta. Satán había adivinado, pues, que tenía las dimensiones de Jesús. Y Jesús, por su parte, al llamar en dos oportunidades a Satán "príncipe de este mundo" (Juan, XIV, 30; XVI, 11), está de acuerdo con él para reconocerle una preponderancia en todos los reinos de la tierra. Hablando de los relatos de la tentación en el desierto, el padre Lagrange los compara a esos prólogos de las tragedias antiguas en los cuales todo el drama que iba a desarrollarse estaba anunciado y como prefigurado. La batalla entre Satán y Jesús en el desierto fué un prólogo de esta naturaleza. Decía todo con respecto a la misión de Cristo. Este sólo venía para derribar la dominación de Satán. San Juan iba a decir en su primera epístola: "Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para destruir las obras del Diablo." (Juan, III, 8.) 

Todo el Evangelio, pues, tiene que estar lleno de acciones dirigidas por Cristo contra Satán y por Satán contra Cristo. Y está bien que así sea. No podemos leer nuestros Evangelios sin que esto nos llame la atención. No comprenderíamos nada de los Evangelios. Sin la certidumbre de la existencia de Satán y de su acción entre nosotros.
Sería demasiado largo enumerar aquí todos los párrafos donde se habla de los demonios en el Evangelio. Citemos, sin embargo, los principales.

Jesús comienza a predicar en Galilea, y San Marcos escribe que echa a los demonios (Marcos, I, 34). Antes del Sermón de la Montaña las multitudes se reúnen alrededor de Él, ¿por qué? San Lucas nos lo dice: "Los cuales habían venido a oírle y a ser curados de sus enfermedades; y los que eran vejados por espíritus inmundos eran curados." (Lucas, VI, 17-18.) Porque, dice San Mateo, "le presentaron todos los que se hallaban mal, aquejados de diferentes enfermedades y recios dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó". (Mateo, IV, 24.)

Cuando se habla de María Magdalena, se nos puntualiza que
Jesús había echado de dentro de ella "siete demonios" (Lucas, VIII,
2). Cuando Jesús envía a sus apóstoles a predicar en Galilea, les otorga poder sobre los demonios. Cuando regresan les dice con júbilo: "Contemplaba yo a Satán caer del cielo como un rayo... ( Lucas , X, 17-20.)

Cuando Jesús curó a la mujer "que tenía un espíritu de enfermedad hacía dieciocho años" y el jefe de la sinagoga se indignó porque era día sábado, Jesús responde: "Hipócritas, cualquiera de vosotros en sábado, ¿no desata a su buey o su asno del pesebre y lo lleva a  abrevar? Y a ésta, que es hija de Abrahán, a quien ató Satán !hace ya dieciocho años ¿no era razón desatarla de esta cadena en día de sábado?" (Lucas, XIII, 10-16.)

Y recordemos la expulsión del demonio llamado Legión, porque era numeroso dentro de los mismos poseídos. Legión pide que se los envíe a una piara de cerdos. Jesús consiente y todos los cerdos se arrojan al mar y se ahogan. (Los tres Evangelistas; ver sobre todo
Marcos, V, 1-20.)

Este episodio burlesco es asombrosamente evocador. Los demonios están allí perfectamente representados. Presentimos su naturaleza, su carácter.
Presentimos su "psicología", sobre la cual tendremos oportunidad de volver a hablar: ¿qué hacen en un ser humano cuando lo tienen en su poder? "Introducen en él — escribe monseñor Catherinet — y mantienen en él perturbaciones morbosas emparentadas con la locura; tienen una ciencia penetrante y saben quién es Jesús; sin vergüenza se prosternan ante El, le rezan, le hacen juramentos en nombre de Dios, temen ser de nuevo lanzados por El al Abismo y para evitarlo piden entrar en los cerdos y establecerse allí. No han terminado de instalarse cuando, con un poder no menos asombroso que su versatilidad, provocan la destrucción cruel y malvada de los seres en los cuales habían pedido refugiarse. Miedosos, obsequiosos, poderosos, malignos, versátiles y hasta grotescos, todos estos rasgos, fuertemente revelados aquí, vuelven a encontrarse en grados diversos.

En suma, es imposible, no sólo para un católico sino para un historiador serio, dejar de comprobar que Jesús no se limita a hablar como se acostumbra en sus tiempos, que no tiene la intención de conciliar con la ignorancia y los prejuicios de su medio, pero que cree en la existencia y en la acción de Satán, que nos pone en guardia contra Satán, que no cesa de luchar contra Satán, tanto que Satán está presente en todo el Evangelio, a tal punto que esto nos plantea un problema que debemos examinar con la mayor atención.

¿Por qué tantos poseídos?

Los relatos demonológicos son tan numerosos en el Evangelio, el Diablo ocupa en ellos tanto lugar, que debemos preguntarnos si en todo esto no habrá algo de exageración. Es bien sabido que en La vida corriente no encontramos a seres poseídos en la cantidad relativamente considerable con que aparecen al paso de Jesús. Los críticos modernos — por lo menos los que se complacen en llamarse
"críticos independientes" — no han dejado de proclamar que lo consideran inverosímil. Para ellos la mayor parte de estos "poseídos" eran simplemente maniáticos, medio locos, o dementes más o menos furiosos.

Aun cuando así fuese, aun cuando Jesús al tratar a esta categoría de enfermos se hubiera avenido a las ideas medícales de su siglo, no dejaría de ser menos notable que hubiera tenido éxito, en la mayoría de los casos, en liberar con una palabra de su invalidez a estos desgraciados y devolverlos a su estado normal. Pero esta forma de resolver el problema, debe tenerse por singularmente sumaria, si se considera lo que hemos dicho más arriba. Los textos evangélicos distinguen muy claramente entre los enfermos y los poseídos. Estos últimos manifiestan, mediante signos patentes, la presencia de una inteligencia extraña que habita en ellos. Esta inteligencia es hostil a Jesús, es lo que llamamos la inteligencia de un espíritu maligno.

Si a continuación de ese Prólogo, del cual hemos señalado la grandeza: la tentación de Jesús en el desierto, Satán no hubiera intervenido en el transcurso de la carrera de Cristo, o no hubiera interpretado más que un papel secundario, hubiésemos tenido, antes bien, la ocasión de habernos sorprendido. Pero no es el caso. Jesús ha demostrado abiertamente que es "el fuerte" que ha venido para reprimir el imperio de Satán sobre el mundo. A decir verdad, esta lucha se desarrollaba principalmente en el terreno de lo invisible, en los dominios de la gracia y del pecado. Y hasta el fin del mundo esto será así. Pero con el permiso de Dios, esta lucha inmensa y secular presenta también signos visibles y nos ofrece episodios espectaculares.

Estos episodios no son lo esencial. No lo olvidemos. Aun  cuando en este libro insistimos sobre ellos, no cabe en nuestro espíritu el extremar su importancia. Lo que está en juego son las almas, es la elección entre el cielo y el infierno, entre el odio y el amor, ¡entre la felicidad y la condenación! Entraba, pues, en los designios de la Providencia hacer conocer a los hombres algo del poder de Satán y de humillar a éste ante el poder del Redentor.

No estamos de ningún modo obligados a creer que el número de poseídos del cual se habla en el Evangelio corresponde a un término medio en el mundo de entonces o en el mundo actual. Es muy posible y hasta verosímil que estos casos se hayan producido con una frecuencia extraordinaria alrededor de Jesús. La unión personal de la divinidad con la naturaleza humana en Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, todo junto, habría tenido como contragolpe, con el permiso divino, manifestaciones repetidas y múltiples de diablismo.
¡La posesión es, en cierto sentido, una réplica, una caricatura de la
Encarnación del Verbo! 

El paganismo y el mismo judaísmo empezaban a estar roídos por esa incredulidad con respecto a lo sobrenatural que es una de las señales del tiempo en que vivimos. ¡La venida de Jesús a la tierra y los numerosos casos de posesión que se produjeron alrededor de Él constituyen una revelación sobrecogedora del mundo sobrenatural en sus dos aspectos complementarios que son la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satán
En este sentido fue que dijimos que para nosotros el Evangelio es normativo. Plantea principios, proporciona claridades, establece leyes, arroja sobre todos los siglos por venir, luces que no deben apagarse jamás. Todo lo que sabemos y creemos con respecto al
Demonio está arraigado en el Evangelio. La creencia en la existencia y en la malignidad del Demonio es un dogma para los cristianos.
Nuestro destino está emparentado con el de los Ángeles o los Demonios.

Veremos a Dios, como los ángeles, dice Jesús, o bien seremos malditos con Satán y todos sus demonios.
Todo esto tenía que ser dicho o recordado antes que llegáramos a los hechos contemporáneos.
Y para conducirnos del Evangelio a estos hechos contemporáneos será suficiente una rápida ojeada.


En conjunto tendremos que cuidarnos de dos peligros: el de exagerar el satanismo y el de reducirlo a la nada. En algunos siglos se ha visto al Diablo por todas partes y en otros no se quería verlo por ninguna parte. Doble exageración igualmente engañadora, igualmente falsa y por consiguiente igualmente salida de Satán, padre de la mentira.

viernes, 22 de agosto de 2014

EL MISTERIO DEL MAS ALLÁ: Antonio Royo Marín, O.P.





AL LECTOR (Artículos apologéticos sobre lo que debemos recordar siempre hasta nuestra muerte para unos y para otros sean estas páginas un retorno a la fe o a la devoción)

Las siguientes páginas contienen el texto íntegro de una serie de Conferencias Cuaresmales pronunciadas por el autor en la Real Basílica de Atocha, de Madrid, que fueron retransmitidas a toda España por Radio Nacional en conexión con varias emisoras de provincias.
La resonancia verdaderamente nacional que alcanzaron aquellas conferencias, nos ha impulsado a ofrecerlas en su texto taquigráfico, a fin de conservar en lo posible la espontaneidad y el ritmo oratorio con que fueron pronunciadas.

EXISTENCIA DEL MÁS ALLÁ

Comenzamos hoy, bajo el manto y la mirada maternal de la Santísima Virgen de Atocha, esta serie de conferencias cuaresmales, cuyo tema central lo constituye El misterio del más allá.
Y, ante todo, os voy a decir por qué he escogido este tema. Son tres las principales razones que me han movido a ello:
En primer lugar, por su trascendencia soberana. Ante él, todos los demás problemas que se pueden plantear a un hombre sobre la tierra, no pasan de la categoría de pequeños problemas sin importancia. No voy a invocar una conversación tenida con un alto intelectual. Salid simplemente a la calle. Preguntadle a ese obrero que se dirige a su trabajo:
–¿Adónde vas?
Os dirá: ¿Yo?, a trabajar.
–¿Y para qué quieres trabajar?
–Pues para ganar un jornal.
–Y el jornal, ¿para qué lo quieres?
–Pues para comer.
–¿Y para qué quieres comer?
–Pues..., ¡para vivir!
–¿Y para qué quieres vivir?

Se quedará estupefacto creyendo que os estáis burlando de él. Y en realidad, señores, esa última es la pregunta definitiva; ¿para qué quieres vivir?, o sea, ¿cuál es la finalidad de tu vida sobre la tierra?, ¿qué haces en este mundo?, ¿quién eres tú? No me interesa tu nombre y tu apellido como individuo particular: ¿quién eres tú como criatura humana, como ser racional?, ¿por qué y para qué estás en este mundo?, ¿de dónde vienes?, ¿adónde vas?, ¿qué será de ti después de esta vida terrena?, ¿qué encontrarás más allá del sepulcro?

Señores: éstas son las preguntas más trascendentales, el problema más importante que se puede plantear un hombre sobre la tierra. Ante él, vuelvo a repetir, palidecen y se esfuman en absoluto esa infinita cantidad de pequeños problemas humanos que tanto preocupan a los hombres. El problema más grande, el más trascendental de nuestra existencia, es el de nuestros destinos eternos.

La segunda razón que me impulsó a escoger este tema es su enorme eficacia sobrenatural para orientar a las almas en su camino hacia Dios. Este tema interesantísimo no puede dejar indiferente a nadie, porque plantea los grandes problemas de la vida humana. No se trata de una cosa fugaz y perecedera. Se trata de nuestros destinos inmortales, y esto, a cualquier hombre reflexivo tiene que llegarle forzosamente hasta lo más hondo del alma. Para encogerse de hombros ante él es menester ser un loco o un insensato irresponsable.

La tercera razón, señores, es su palpitante actualidad. Porque si este tema no puede envejecer jamás, por tratarse del problema fundamental de la vida humana, de una manera especialísima en estos tiempos que estamos atravesando adquiere caracteres de palpitante actualidad. No hay más que contemplar el mundo, señores, para ver de qué manera camina desorientado en las tinieblas por haberse puesto voluntariamente de espaldas a la luz.
Es inútil que se reúnan las cancillerías, que se organicen asambleas internacionales. No lograrán poner en orden y concierto al mundo hasta que lo arrodillen ante Cristo, ante Aquél que es la Luz del mundo; hasta que, plenamente convencidos todos de que por encima de todos los bienes terrenos y de todos los egoísmos humanos es preciso salvar el alma, se pongan en vigor, en todas las naciones del mundo, los diez mandamientos de la Ley de Dios.

Con sola esta medida se resolverían automáticamente todos los problemas nacionales e internacionales que tienen planteados los hombres de hoy; y sin ella será absolutamente inútil todo cuanto se intente.

Precisamente porque el mundo de hoy no se preocupa de sus destinos eternos, porque no se habla sino del petróleo árabe, de la hegemonía económica mundial de ésta o de la otra nación, o de cualquier otro problema terreno materialista, en el horizonte cercano aparecen negros nubarrones que, si Dios no lo remedia, acabarán en un desastre apocalíptico bajo el siniestro resplandor y el estruendo horrísono de las bombas atómicas.


Examinemos, señores, los datos fundamentales del problema.
Desde la más remota antigüedad se enfrentan y luchan en el mundo dos fuerzas antagónicas, dos concepciones de la vida completamente distintas e irreductibles: la concepción materialista, irreligiosa y atea, que no se preocupa sino de esta vida terrena, y la concepción espiritualista, que piensa en el más allá.

La primera podría tener como símbolo una sala de fiestas, un salón de baile, un cabaret, y sobre su frontispicio esta inscripción, estas solas palabras: No hay más allá. Por consiguiente, vamos a gozar, vamos a divertirnos, vamos a pasarlo bien en este mundo. Placeres, riquezas, aplausos, honores... ¡A pasarlo bien en este mundo! Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Concepción materialista de la vida, señores.

Pero hay otra concepción: la espiritualista, la que se enfrenta con los destinos eternos, la que podría tener como símbolo una grandiosa catedral en cuyo frontispicio se leyera esta inscripción: ¡Hay un más allá! O si queréis esta otra más gráfica y expresiva todavía: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma para toda la eternidad?

He aquí, señores, la disyuntiva formidable que tenemos planteada en este mundo. No podemos encogernos de hombros. No podemos permanecer indiferente ante este problema colosal, porque, queramos o no, lo tenemos todos planteado por le mero hecho de haber nacido: “estamos ya embarcados” y no es posible renunciar a la tremenda aventura.

Yo comprendo perfectamente la risa y la carcajada volteriana del incrédulo irreflexivo que se hunde totalmente en el cieno, que no vive más que para sus placeres, sus riquezas y sus comodidades temporales. Lo comprendo perfectamente, porque es un insensato, un loco, que no se ha planteado nunca en serio el problema del más allá. Pero una persona que tenga un poquito de fe y otro poco de sentido común, que sepa reflexionar y que se plantee el problema del más allá, y se encoja de hombros ante él y diga: “La eternidad, ¿qué me importa eso?”, señores, eso no lo comprendo, eso no lo concibo. Ante el problema pavoroso del más allá no podemos permanecer indiferentes, no podemos encogernos de hombros. Tenemos que tomar una actitud firme y decidida, si no queremos renunciar, no ya a la fe cristiana, sino a la simple condición de seres racionales.

Precisamente estos días vengo a hablaros de este gran problema de nuestros destinos eternos: del misterio del más allá.

Esta tarde, en las primeras de mis conferencias, voy a ceñirme exclusivamente a poner en claro la existencia del más allá. Nada más.

No vengo en plan apologético. Tengo muy poca fe en la apologética, señores, como instrumento apto para convencer al que no está dispuesto a aceptar la verdad aunque brille ante él más clara que el sol. Ya lo supo decir admirablemente uno de los genios más portentosos que ha conocido la humanidad, una de las inteligencias más preclaras que han brillado jamás en el mundo: San Agustín. Un hombre que conocía maravillosamente el problema, que sabía las angustias, la incertidumbre de un corazón que va en busca de la luz de la verdad sin poderla encontrar, porque vivió los primeros treinta años de su vida en las tinieblas del paganismo. Conocía maravillosamente el problema y sabía muy bien que no hay ni pueden haber argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal del error, para ser juzgada y sentenciada por él. Es imposible, señores, que haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Imposible de todo punto!

No hay incrédulos de cabeza, pero sí muchísimos incrédulos de corazón. No tienen argumentos contra la fe, pero sí un montón de cargas afectivas. No creen porque no les conviene creer. Porque saben perfectamente que si creen tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.

Señores: cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia. ¡Ah, pero cuando el corazón está corrompido...! ¿No os habéis fijado que sólo los malhechores y delincuentes –jamás las personas honradas– atacan a la Policía o la Guardia Civil?

San Agustín conocía maravillosamente esta psicología del corazón humano y por eso escribió esta frase lapidaria y genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.

Maravillosa frase, señores. Para el que quiere creer, para el hombre honrado, para el hombre sensato, para el hombre que quiere discurrir con sinceridad, tengo mil pruebas enteramente demostrativas de la verdad de la fe católica. Pero para el que no quiere creer, para el que cierra obstinadamente su inteligencia a la luz de la verdad, no tengo absolutamente ninguna prueba.

A ese incrédulo del “corazón”, a ése que lanza su carcajada volteriana porque “no le interesan las cosas de los curas y de los frailes”, a ése no tengo que decirle absolutamente nada. Pero que no olvide, sin embargo, la frase magistral de San Agustín: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.

No me dirijo al incrédulo volteriano. Me dirijo, sencillamente, al hombre de la calle, que vive quizá olvidado de Dios, pero que posee un fondo honrado y un corazón recto; a ese hombre bueno, honrado, de corazón sincero, de corazón naturalmente cristiano, pero irreflexivo y atolondrado, que no se ha planteado nunca en serio el problema del más allá. Con éste quiero hablar. Con éste quiero entablar diálogo, y le digo: “amigo, escúchame, que estoy completamente seguro de que llegaremos a un acuerdo, porque te voy a hablar a la inteligencia y al corazón y tú tienes una inteligencia sana y un corazón noble y me vas a escuchar con sincera rectitud de intención”.

Te voy a hablar de la existencia del más allá. Voy a proponerte tres argumentos. Sencillos, claros, al alcance de todas las fortunas intelectuales. En el primero, nos moveremos en el plano de las meras posibilidades. En el segundo, llegaremos a la certeza natural, o sea, a la que corresponde al orden puramente humano, filosófico, de simple razón natural. Y en tercero, llegaremos a la certeza sobrenatural, en torno a la existencia del más allá.


Primer argumento, señores. Nos vamos a mover en el plano de las meras posibilidades.

Las personas cultas que me escuchan saben muy bien que Renato Descartes quiso encontrar el principio fundamental de la filosofía planteando su famosa “duda metódica”. Se propuso dudar de todo, incluso de las cosas más elementales y sencillas, para ver si encontraba alguna verdad de evidencia tan clara y palmaria que fuera absolutamente imposible dudar de ella, con el fin de tomarla como punto de partida para construir sobre ella toda la filosofía. Y al intentar tamaña duda, escepticismo tan absoluto y universal, se dio cuenta de que estaba pensando, y al punto, lanzó su famoso entimema, que, en realidad, no admite vuelta de hoja, aunque no constituye, ni mucho menos, el principio fundamental de la filosofía: “Pienso, luego existo”.

Señores, una duda real, absoluta y universal, que no excluya verdad alguna, además de absurda e insensata, es herética y blasfema. El mismo Descartes, que era y actuó siempre como católico, se encargó de aclarar después que no había tratado en ningún momento de extender su duda universal a las verdades sobrenaturales de la fe, sino únicamente a las de orden puramente natural y humano.

Nosotros no vamos a dudar un solo instante de las verdades de la fe católica. Pero vamos a fingir, vamos a imaginarnos por un momento, que la fe católica no nos dijera absolutamente nada sobre la existencia del más allá. Es absurda tal suposición, puesto que esa existencia constituye la verdad primera y fundamental del catolicismo; pero vamos a imaginarnos, por un momento, ese disparate. Y amontonando nuevos absurdos y despropósitos, vamos a suponer, por un momento, que la razón humana no nos ofreciera tampoco ningún argumento enteramente demostrativo de la existencia del más allá, sino, únicamente, de su mera posibilidad.

¿Cuál debería ser nuestra actitud en semejante suposición? ¿Qué debería hacer cualquier hombre razonable, no ante la certeza, pero sí ante la posibilidad de la existencia de un más allá con premios y castigos eternos?

Es indudable, señores, que aún en este caso, aún cuando no tuviéramos la certeza sobrenatural de la fe sobre la existencia del más allá, y aún cuando la simple razón natural no nos pudiera demostrar plenamente su existencia y tuviéramos que movernos únicamente en el plano de las simples probabilidades y hasta de las meras posibilidades, todavía, entonces la prudencia más elemental debería empujarnos a adoptar la postura creyente, por lo que pudiera ser. Nos jugamos demasiadas cosas tras esa posibilidad: no podríamos tomarla a broma.

Reflexionad un momento. Ved lo que ocurre con las cosas e intereses humanos. Existen infinidad de Compañías de Seguros para asegurar un sin fin de cosas inseguras, sobre todo cuando se trata de cosas que, humanamente hablando, vale la pena asegurar. El mendigo harapiento que vive en una miserable chabola del suburbio de una gran ciudad, no tiene por qué preocuparse de asegurar aquella miserable vivienda; pero el que posee un magnífico palacio que vale millones de pesetas, hace muy bien en asegurarlo  contra un posible incendio, porque para él, un incendio podría representar una catástrofe irreparable. Ahora bien, al hacer el seguro contra incendios, ¿está convencido el que lo firma de que el incendio sobrevendrá efectivamente? ¡Qué va a estar convencido! Está casi seguro de que no se producirá, porque no solamente no es infalible que se produzca, sino que ni siquiera es probable. Es, simplemente, posible, nada más. No es cosa cierta, ni infalible, ni siquiera probable, pero es posible. Y como tiene mucho que perder, lo asegura y hace muy bien.

Otros hacen seguro contra el pedrisco, otros contra el robo. ¿Es que están convencidos de que sobre sus tierras vendrá el pedrisco y las arrasará, o de que vendrá el ladrón y se apoderará de los bienes de su casa? No. Están completamente convencidos de lo contrario. No habrá pedrisco y, si lo hay, quedará muy localizado y no les arruinará todas sus tierras, ni muchísimo menos. Pero para evitarse el posible perjuicio parcial, firman la póliza del seguro. No vendrá el ladrón, pero por si acaso, aseguran sus bienes de fortuna.

 Esta conducta, señores, es muy sensata y razonable. No se le puede poner reparo alguno.

Pues, señores, traslademos esto del orden puramente natural y humano, a las cosas del alma, al tremendo problema de nuestros destinos eternos, y saquemos la consecuencia.
Señores, aunque no tuviéramos la seguridad absoluta, ciertísima que tenemos ahora; aunque no fuera ni siquiera probable, sino meramente posible la existencia de un más allá con premios y castigos eternos (fijaos bien: con premios y castigos eternos), la prudencia más elemental debería impulsarnos a tomar toda clase de precauciones para asegurar la salvación de nuestra alma. Porque, si efectivamente hubiera infierno y nos condenáramos para toda la eternidad, lo habríamos perdido absolutamente todo para siempre. No se trata de la fortuna material, no se trata de las tierras o del magnífico edificio, sino nada menos, que del alma, y el que pierde el alma lo perdió todo, y lo perdió para siempre.

Aunque no tuviéramos certeza absoluta, sino sólo meras conjeturas y probabilidades, valdría la pena tomar toda clase de precauciones para salvar el alma. Esto es del todo claro e indiscutible. Escuchad una anécdota muy gráfica y aleccionadora:

Dos frailes descalzos, a las seis de la mañana, en pleno invierno y nevando copiosamente, salían de una iglesia de París. Habían pasado la noche en adoración ante el Santísimo sacramento. Descalzos, en pleno invierno, nevando... Y he aquí que, en aquel mismo momento, de un cabaret situado en la acera de enfrente, salían dos muchachos pervertidos, que habían pasado allí una noche de crápula y de lujuria. Salían medio muertos de sueño, enfundados en sus magníficos abrigos, y al cruzarse con los dos frailes descalzos que salían de la iglesia, encarándose uno de los muchachos con uno de ellos, le dijo en son de burla: “Hermanito, ¡menudo chasco te vas a llevar si resulta que no hay cielo!” Y el fraile que tenía una gran agilidad mental, le contestó al punto: “Pero ¡qué terrible chasco te vas a llevar tú si resulta que hay infierno!”.

El argumento, señores, no tiene vuelta de hoja. Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar los que no piensan ahora en el más allá, los que gozan y se divierten revolcándose en toda clase de placeres pecaminosos! Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar!

En cambio, nosotros, no. Los que estamos convencidos de que lo hay, los que vivimos cristianamente no podemos desembocar en un fracaso eterno. Aun suponiendo, que no lo supongo; aun imaginando, que no lo imagino, que no existe un más allá después de esta pobre vida, ¿qué habríamos perdido, señores, con vivir honradamente? Porque lo único que nos prohíbe la religión, lo único que nos prohíbe la Ley de Dios, es lo que degrada, lo que envilece, lo que rebaja al hombre al nivel de las bestias y animales. Nos exige, únicamente, la práctica de cosas limpias, nobles, sublimes, elevadas, dignas de la grandeza del hombre: “Sé honrado, no hagas daño a nadie, no quieras para ti lo que no quieras para los demás, respeta el derecho de todos, no te revuelques en los placeres inmundos, practica la caridad, las obras de misericordia, apiádate del prójimo desvalido, sé fiel y honrado en tus negocios, sé diligente en tus deberes familiares, educa cristianamente a tus hijos...”

¡Qué cosas más limpias, más nobles, más elevadas! ¿Qué habríamos perdido con vivir honradamente, aun suponiendo que no hubiera cielo? Y, en cambio, ¿qué habríamos ganado con aquella conducta inmoral si hay infierno y perdiéramos el alma por no haber hecho caso de nuestros destinos eternos?

Señores, aun moviéndonos en el plano de las meras posibilidades, les hemos ganado la partida a los incrédulos. Nuestra conducta es incomparablemente más sensata que la suya.


¡Ah!, pero tenemos argumentos mucho más fuertes y decisivos. Podemos avanzar mucho más y hasta rebasar en absoluto las meras probabilidades y entrar de lleno en el terreno de la certeza plena. Primero en un plano natural, meramente filosófico, y después, en un plano sobrenatural, en el plano teológico de la verdad revelada por Dios.

Primero la filosofía, señores. En el plano de la simple razón natural se pueden demostrar como dos y dos son cuatro, dos verdades fundamentales: la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Estas son verdades de tipo filosófico, demostrables por la simple razón natural. Hay otras verdades que rebasan el marco de la simple filosofía y entran de lleno en el terreno de la fe. Por ejemplo, si el mismo Dios no se hubiese dignado revelarnos que es uno en esencia y trino en personas, no lo hubiéramos sabido ni sospechado jamás en este mundo. La razón natural no puede descubrir, ni sospechar siquiera, el misterio de la Santísima Trinidad. Pero la simple razón natural, repito, puede demostrar de una manera apodíctica, ciertísima, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Ahora bien, si Dios existe, si el alma es inmortal, empezad vosotros mismos a sacar las consecuencias prácticas en torno a nuestra conducta sobre la tierra.

Señores, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma se pueden demostrar con argumentos apodícticos. No tengo tiempo para hacer ahora una demostración a fondo de ambas cosas; pero, al menos, voy a exponer los rasgos fundamentales de la demostración de la inmortalidad del alma, ya que, para negar la existencia de Dios, hace falta estar enteramente desprovisto de sentido común.

En primer lugar, ¿existe nuestra alma? ¿Es del todo seguro e indiscutible que tenemos un alma?

En absoluto, señores. Estamos tan seguros, y más, de la existencia del alma que la de nuestro propio cuerpo. En absoluto, el cuerpo podría ser una ilusión del alma, pero el alma no puede ser, de ninguna manera, una ilusión del cuerpo. Vamos a demostrarlo con un triple argumento: ontológico, histórico y de teología natural.

1.º Argumento ontológico. Es un hecho indiscutible, de evidencia inmediata, que pensamos cosas de tipo espiritual, inmaterial. Tenemos ideas clarísimas de cosas abstractas, universales, que escapan en absoluto al conocimiento de los sentidos corporales internos os externos. Tenemos idea clarísima de lo que es la bondad, la verdad, la belleza, la honradez, la hombría de bien; lo mismo que de la maldad, la mentira, la fealdad, la villanía, la delincuencia. Tenemos infinidad de ideas abstractas, enteramente ajenas a las cosas materiales. Esas ideas no son grandes ni pequeñas, redondas ni cuadradas, dulces ni amargas, azules ni verdes. Trascienden, en absoluto, todo el mundo de los sentidos. Son ideas abstractas, señores. ¿Las ha visto alguien con los ojos? ¿Las ha captado con sus oídos? ¿Las ha percibido con su olfato? ¿Las ha tocado con sus manos? ¿Las ha saboreado con su gusto? Los sentidos no nos dicen absolutamente nada de esto, y, sin embargo, ahí está el hecho indiscutible, clarísimo: tenemos ideas abstractas y universales. Luego, si nosotros tenemos ideas abstractas, universales, irreductibles a la materia, o sea, absolutamente espirituales, queda fuera de toda duda que hay en nosotros un principio espiritual capaz de producir esas ideas espirituales. Porque, señores, es evidentísimo que “nadie da lo que no tiene” y nadie puede ir más allá de lo que sus fuerzas le permiten.